Vivir en una ciudad bilingüe: 4 reflexiones.

Soy licenciado en lenguas y lingüista aplicado. He crecido académicamente entre perífrasis verbales, variedades diastráticas y bilingüismo. En abril de este año me mudé a Montreal, una ciudad que funciona en inglés y francés.

La primera vez que salí solo aquí entré al Centre Eaton, un reconocido centro comercial. Era evidente que todos los carteles y los nombres de las tiendas estaban escritos en francés, lo que me pareció un poco extraño (en otro punto les cuento por qué las cosas son así) ¿”No que Montreal era bilingüe?” Me pregunté. Luego de unos minutos de exploración, me dirigí a la plazoleta de comidas a ver qué tenían. Después de pasear un poco, noté que los trabajadores de los restaurantes saludaban en una forma particular: Bonjour hi. Como mi francés no es excelente (pasé el DELF B2, pero en esa época me daba terror no hablar inglés), hice mi pedido en inglés. El trabajador, que acababa de atender a una persona en un francés impecable, me hablaba en inglés sin acento francés. Ese evento me dejó intrigado y desde entonces no he parado de hacer micro investigaciones sobre el bilingüismo. He aquí 4 reflexiones.

  1. El alcance del bilingüismo:

En prácticamente todos los lugares de Montreal atienden en los dos idiomas: bancos, restaurantes, tiendas de ropa, supermercados etc. Las excepciones que he visto (o me han contado) son algunos hospitales, algunos funcionarios de la STM (la oficina del gobierno local que se encarga del transporte público) y en general, las oficinas donde se hacen trámites administrativos relacionados con la inmigración en Québec (ojo, los trámites exclusivos de Québec, no del Gobierno Federal).

He conocido gente que lleva décadas en Montreal y no habla francés. Salvo inconvenientes superables no han tenido mayores obstáculos para hacer su vida aquí. Cabe decir que en esta ciudad hay dos grandes universidades (McGill y Concordia) completamente anglófonas que anualmente reciben a miles de estudiantes con poco o nulo conocimiento del francés.

Eso sí, está claro que el gobierno hace un gran esfuerzo logístico y económico para que quienes no tengan buen nivel de francés, lo mejoren. Existen cursos gratuitos (y hasta con subsidios regionales) para nuevos inmigrantes y cursos pagos (es un precio más bien simbólico por todo lo que se recibe) para estudiantes y trabajadores temporales.

  1. El sistema educativo:

Cada vez que conozco a una persona de aquí le pregunto cómo aprendió ambos idiomas. A grandes rasgos, esto es lo que me responden: “En la casa me hablaban en francés. En el jardín infantil me hablaban en ambas lenguas. La primera parte de la primaria la estudié en inglés y la segunda en francés. En la secundaria estudié 40% en inglés y 60% en francés”. Estamos ante un modelo educativo de bilingüismo en el que hay una inmersión absoluta en ambas lenguas tanto dentro como fuera del colegio. Un estudiante puede aprender algo en clase y ponerlo en práctica inmediatamente en la vida cotidiana.

Aprovecharé esta entrada para sacarme una espinita. He notado que en Colombia muchos colegios se jactan de ser bilingües y lo único que hacen es dar el 100% de las clases en una lengua extranjera (con la clara excepción de la clase de español). ESO NO ES BILINGÜISMO. El bilingüismo SIEMPRE debe trabajar DOS lenguas. Una cosa es que los niños crezcan en un contexto bilingüe (hablan español en la casa e inglés en el colegio) y otra, muy diferente, es que el colegio se preocupe exclusivamente por que el niño aprenda una lengua diferente a la materna. UN COLEGIO QUE NO HACE ABSOLUTAMENTE NADA O CASI NADA POR LA LENGUA MATERNA NO DEBERÍA LLAMARSE BILINGÜE.

Estoy calmado.

  1. La necesidad de ser bilingüe

Mi búsqueda de empleo se vio mediada por las lenguas. En todos los anuncios que encontraba pedían “no enviar hoja de vida si no se es completamente bilingüe”. Para todos los trabajos que impliquen atención al público se requiere hablar inglés y francés. Además, encontré más de nueve en los que pedían ser trilingüe.

Por supuesto, hay algunos que son solo en inglés. Casi todos ellos relacionados con la tecnología , la banca o en la cocina de un restaurante. Por su parte, hay algunos en los que no es tan importante hablar inglés, como en laboratorios o algunos medios de comunicación.

En este momento trabajo en un instituto de idiomas como profesor de español. Casi el 20% de los profesores son políglotas. La mayoría son trilingües y solo hay una profesora que habla francés y tiene un nivel intermedio en inglés y en español.

Según el censo de Montreal de 2011, el 79.3% de las personas entre los 15 y los 24 años es bilingüe. Esto nos ayuda a entender la clara correlación entre las características de la población y las exigencias del mercado laboral.

La Policía Lingüística:

No todo podía ser color de rosa: en la provincia de Quebec existe un ente gubernamental al que llaman “La Policía Lingüística”. Esta se encarga de cerciorarse de que todos los avisos exteriores de los establecimientos estén escritos en francés. Además, pide a los dueños de dichos lugares que corrijan errores ortográficos (si los hay) y pone multas a quienes no respeten las leyes establecidas.

Esta oficina gubernamental causa bastante tensión, sobre todo en Montreal, una ciudad más liberal que el resto de Quebec (donde, dicho sea de paso, no es tan fácil encontrar a alguien que hable inglés). La provincia teme que si esta ley no es implantada, el inglés conquistará la región (pero sobre todo Montreal) y el francés desaparecerá por completo. Los dueño de negocios, por su parte, sienten que les están restringiendo sus libertades.

Además de la ya mencionada policía, Quebec tomó dos medidas que le permiten cerciorarse de que el francés nunca desaparezca:

  1. En todos los colegios públicos se debe aprender francés.
  2. Para obtener la residencia permanente se debe tener un nivel B2 de francés.

 

Esto garantiza que: a.)no se pueda emigrar a Quebec sin una idea de francés y b.) todos los niños que crezcan en la ciudad aprendan ambas lenguas.

Montreal es el Disney World de los lingüistas.

 

Advertisements

Viví en el Bronx de Montreal

Una de mis grandes preocupaciones antes de llegar a Canadá era dónde iba a vivir. Busqué en cuanto sitio de internet encontré, escribí mensajes, busqué opiniones en blogs, exploré los alrededores en Google Maps y todo lo que se puedan imaginar.

Como era nuevo, no me arriesgué a arrendar un apartamento yo solo, sino que busqué habitaciones. Al final di con un lugar que me pareció agradable (por internet). Estaba muy cerca de Berri-UQAM: la estación de metro más importante de Montreal y del barrio más movido en el verano. No me podía quejar. La renta costaba 450 dólares al mes. Todo en el promedio.

El dueño de la casa es un pensionado que ahora vive de la renta. Me inspiró algo de desconfianza al principio porque cuando estaba en Colombia le pregunté quiénes serían mis compañeros de casa y nunca me respondió (ahora entiendo por qué).

Como una semana antes del viaje, me preguntó si al fin iba a tomar la habitación porque tenía mucha demanda. Dije que sí y cuando le pedí que me confirmara la dirección, me dio una diferente a la que yo tenía. No me dio desconfianza porque la nueva dirección era a tan solo unas cuadras y me dijo que esa casa también era de él. Nada grave.

Por fin llegó el día. Lo llamé desde el aeropuerto de Montreal y me dijo que tomara un bus que me dejaría en la estación de metro donde me recogería luego. Así lo hice, nos encontramos y me llevó a la casa. Por fuera se veía bien, un poco descuidada, pero era justo lo que había visto en las fotos.

Cuando entré me percaté de un fuerte olor a cigarrillo. Eso no me gustó, pero bueno, quizás alguien expuesto al humo acababa de entrar. El dueño abrió la puerta de la habitación y, de nuevo, no hubo sorpresas. Había una pequeña cocina, una neverita, una cama, dos muebles y un clóset.

Afuera de mi cuarto, a unos pasos, había dos baños. Mejor de lo que me esperaba. El señor me dijo que debía llevar el papel higiénico y todos los artículos de aseo cuando sintiera el llamado de la naturaleza. Me pareció normal porque sí me daría cosa compartir el jabón con extraños y era difícil determinar cuánto papel se gastaba cada uno.

Me fui a dormir tranquilo. Estaba en el centro, el clima era agradable y tenía un techo que mirar mientras me abrumaba la incertidumbre del inmigrante.

Al otro día descubrí dónde me había metido.

Salí a comprar comida y cuando regresé vi a un señor supremamente extraño sentado en las escaleras de la puerta principal. Se parecía mucho a Querubín Rebelde. Le dije que iba a entrar, que me diera permiso. Él se hizo a un lado y me preguntó si vivía ahí. Le dije que sí y me sonrió. “Yo también”, me dijo mientras ponía ambas manos en su bastón.

Me pareció muy arrogante y clasista ponerme a decir “ah, qué pereza vivir con gente tan chirri”. Pero estaba en un nuevo país y tenía que ir con la mente abierta. Cuando pasé de la puerta principal, vi a un señor de unos 40 años fumando marihuana en el patio. “No es mi vida”, me dije. Cada quién es libre de hacer lo que quiera. Eran dos cosas raras en menos de 15 segundos, pero todo bien.

Salí de nuevo a explorar esta bella ciudad y me enamoré perdidamente de todo. Volví a casa y vi Querubín Rebelde pidiendo monedas en un semáforo. “El que tenga plata, vive en la casa, no me voy a creer de mejor familia”. Al percatarse de mi presencia, me pidió monedas. No le di.

Lo que pasaba en la casa no me importaba mucho porque Montreal es hermoso. Entonces me calmé y me fui a dormir.

Al otro día me despertaron unos gritos. Era la señora que cuidaba y le hacía aseo a la casa peleando con la persona que vivía en la habitación de en frente. Un hombre malencarado de unos 40 años. Como estaban peleando y mi francés no es que sea una maravilla, no entendí muy bien qué pasaba. Cuando se calmaron los humos, salí a bañarme y la señora me pidió perdón por el ruido y me explicó lo que había pasado: el man había dañado todas las plantas de su jardín (su único pasatiempo) y había intentado sembrar otras semillas (no sé de qué pero sospecho).

Dije en mi mente “qué gonorrea” como 10 veces mientras me contaba todo.

Ese día, con mi pobres habilidades culinarias, puse a cocinar unas papas.Olvidé tapar la sartén y con la humareda se activó el incómodo pito del detector de humo. Abrí en seguida la puerta trasera y delantera, pero no tuve suerte. Había demasiado humo. Se activó entonces la alarma de incendios de la casa. Por más o menos 3 minutos un estruendo inundó cada rincón de la casa. Como era temprano, la gente dormía y la señora que cuidaba la casa acudió a mi rescate en pijama. Me quería morir de la pena.

La cereza en el pastel llegó 2 días después. El señor que me fue a instalar el internet, un argelino súper querido (que me habló de Falcao y que tales), me preguntó cuánto me quedaría allí. Yo, tímidamente, dije que por ahí dos meses. El man me abrió los ojos y empezó a susurrarme: “este no es un lugar para usted. Los que viven aquí están locos y en cualquier momento se le meten al cuarto a robarle todo. Yo sé de lo que es capaz esa gente. En cuanto pueda, váyase. No deje tarjetas de crédito ni plata aquí porque quieren buscar plata para comprar sus cosas”.

Si me hubieran tomado un mapa de calor en ese momento, habría salido todo azul. Me dio mucho miedo. Paranoia en su máxima expresión.

En ese momento solo conocía a una persona de aquí: Nancie, mi hermosa madrina canadiense que estuvo pendiente de mí desde antes de que llegara. Le conté la situación de los indigentes y me dijo que, efectivamente, el gobierno tenía una especia de hospitales de rehabilitación para personas dementes y drogadictas, pero por falta de presupuesto, los habían enviado a la calle. Eso sí, cada mes les llega un cheque no despreciable y con eso sobreviven.

Ahora todo tenía sentido. Nuestros indigentes no tienen absolutamente nada, y los de aquí tienen un mínimo vital (Petro, no me cites).

Después de la conversación con Nancie enfrenté mi realidad: estaba viviendo en una especie de Bronx. Vivía en una calle elegantísima de Montreal, tanto que en la misma acera donde quedaba la casa se parqueaban camionetas Audi, carros deportivos y demás. Por primera vez en la vida entendí que era vivir en una sociedad que no discrimina, que no tiene estratos para que los pobres nunca se les acerquen a los ricos.. Cualquier persona, literalmente, puede vivir en un barrio “de ricos”. Con las ayudas sociales del gobierno todo es posible. Y nosotros queriendo hacer el estrato 7 en Bogotá.

A pesar de lo que había visto, quería seguir viviendo ahí. Casi lo tomaba como una experiencia de vida. Además descubrí que había cámaras de vigilancia dentro de la casa y que había una especia de código interno que prohibía entrar a las habitaciones de los demás.

Al siguiente día vi algo que me hizo cambiar de opinión. Cuando me bañé en la mañana vi ceniza de cigarrillo en el piso del baño. Me dio mucha rabia (luego vi la misma escena varias veces). Volvía a la casa de hacer mercado y vi a Querubín Rebelde vendiendo droga en la puerta. Eso es otra cosa. Ese mismo día, en la tarde, vi por primera vez a una persona que había escuchado hacía mucho: un viejito que se la pasaba tosiendo. Pasó por mi lado mientras salía del baño y por su olor, calculo que este año no se ha bañado. Eso me revolvió todo: hasta los pajazos mentales que me había dicho para aguantar.

Entré al cuarto y empecé a buscar habitaciones en la ciudad. Di con una y, luego de aprender la lección, fui a verla y a preguntar quiénes vivían ahí. Se trata de estudiantes y jóvenes franceses que vienen a trabajar a Canadá. La habitación era grande y quedaba en un barrio hipster. Me gustó y ese mismo día cerré el trato. Afortunadamente solo había firmado contrato por un mes en el otro lado. Como no estoy nadando en plata, cumplí el término.

Aguanté un mes en el Bronx de Montreal. Aprendí mucho y ahora me río, pero qué gonorrea.

 

Mi primera semana en Montreal

Mi primera semana en Montreal

 

No puedo prometer que haré de esto un blog de inmigrante porque estaría mintiendo. Es un ejercicio de expresión espontanea.

Ya muchos estarán pensando “aaaah, este ya va a empezar hacer comparaciones de Montreal con Bogotá”. Pues sí. Bueno, en estos aspectos he visto diferencia. Va.

Hacer vueltas

Sufro terriblemente cuando me hablan de hacer vueltas. Se me viene a la mente, por ejemplo, un interminable trancón, filas, bobadas burocráticas, firmitas, sellitos y gente que hace su trabajo de mala gana.

Mi primera semana en Montreal estuvo marcada por las vueltas: obtener un número de celular, instalar internet, afiliarme al seguro médico gratuito, abrir una cuenta bancaria, solicitar el número de seguridad social, comprar y recargar la tarjeta Opus (para moverme en transporte público) entre otros.

Para mi sorpresa, ninguna vuelta fue difícil o demorada. En 5 minutos ya tenía celular; en 3 minutos me dieron el número de seguridad social; en 10 minutos tenía cuenta de ahorros y tarjeta de crédito (sin cuota de manejo para siempre y un interés más bajo que en Colombia) y en 30 segundos compré y recargué la tarjeta de transporte público.

EN NINGÚN LADO HABÍA FILA. Tengan en cuenta que Montreal es una ciudad de más de 4 millones de personas.

La importancia de consultar el clima

El sábado pasado disfrutamos de un soleado día. La gente salió en camiseta y pantaloneta a la calle. Se sentía en el ambiente una alegría inmensa al poder tomar algo de sol luego de más de 6 meses de frío. Yo no me quedé atrás y me atreví a dejar la chaqueta en casa. Fue hermoso. Me sentía casi como en Riohacha.

Ayer lunes amanecimos con una sensación térmica de -2. Ah listo. Mientras sufría ese viento helado que entra por todo el cuerpo, incluso a través de mis 3 capas de ropa, recordaba que hacía dos días me paseaba por las mismas calles como quien camina por cualquier pueblo de tierra caliente.

Entendí que no se puede salir de la casa sin consultar la aplicación del clima. Y no es suficiente saber qué temperatura hay en ese momento, sino adelantarse a lo que ocurrirá más adelante para saber cómo vestirse.

Quizás la desconfianza generada por las mentiras del IDEAM me habían hecho olvidar que en otros países esa aplicación sirve para algo.

El transporte público

Espero que mis nietos alcancen a montar en el metro de Bogotá. Es indescriptible lo que se siente saber que cuando llega el tren y se abre la puerta, TODOS VAMOS A MONTARNOS AHÍ PORQUE NO HAY 4 OPCIONES DE RUTA Y LA GENTE NO HACE BULTO EN LA ENTRADA.

El metro aquí tiene 4 líneas supremamente fáciles de entender. La tarjeta para acceder al sistema se puede recargar el primer día del mes (86 CAD) y da acceso ilimitado a buses y el metro. Pueden montarse 10 veces al día si quieren. Es un excelente complemento cuando deben hacer vueltas.

El bilingüismo

Quebec es la única provincia de Canadá cuyo idioma predominante es el francés. Pero no se asusten si no lo hablan, aquí casi todos son bilingües.

Es absolutamente normal que a uno lo saluden con un Bonjour-Hello cuando llega a un restaurante. Pues qué les puedo decir, hasta los indigentes que moran el centro piden monedas con un inglés fluido.

Caminar en la calle

Me encanta caminar. Más que por el ejercicio como tal, me permite tener un excelente control del tiempo exacto que me toma desplazarme a algún lugar. En Bogotá, por seguridad y por contaminación en el aire, no podía hacerlo cuando quisiera.

Aquí no solo es seguro (para los pulmones y para el celular) caminar largas distancias (obvio, cuando el clima lo permite), sino que hay un increíble respeto por el peatón. Los conductores saben que si uno tiene la intención de cruzar la calle, deben parar. También es evidente que los ciclistas hacen su parte y se detienen en los semáforos y le dan prelación al peatón.

El respeto hacia el otro

En mi viaje de Miami a Montreal dije y me dijeron “sorry” como 20 veces. “Es una muletilla que se te pega” me contó un Laura, una amiga. Pues qué sana muletilla. Aquí he notado que el concepto de “otro” importa lo suficiente como para pensar siempre en él.

En esta ciudad se procura siempre la paz. Si hay algo que pueda ser considerado conflicto, ambas partes extinguen cualquier conato de pelea con un sincronizado “pardon” o “sorry”. La gente habla por celular en espacios públicos con un volumen de voz moderaro, en la noche los vecinos evitan hacer ruido y así.

El salario mínimo y la mezcla de clases

He enseñado español para extranjeros por casi 5 años. Un queja recurrente que encontraba entre mis estudiantes era que los bogotanos eran terriblemente clasistas.; hacían inmensos esfuerzos para distanciarse de todo lo que hicieran “los pobres”, “los ñeros”. Alguna vez le escuché a uno decir que si pudieran hacer un muro para dividir el sur del norte, serían inmensamente felices.

Aquí en la misma calle (se los digo porque lo vi con mis propios ojos) vive un señor que pide monedas en un semáforo y una señora que habita en un hermosa casa con un Audi parqueado en la puerta, ¿cómo así? Se preguntarán. Pues fácil: aquí el estado no abandona a los pobres. Si no tienes empleo, te dan un subsidio de casi un salario mínimo.

Me quiero detener en esto un momento. Sería ridículo que yo les saliera con “en Quebec el salario mínimo bruto es el equivalente a 3.849.070millones de pesos al mes” sin contexto alguno, la pregunta seria es, ¿para qué alcanza el salario mínimo en Montreal?

Por mi condición de recién llegado no tengo como arrendar un apartamento y amoblarlo yo solo; debo vivir en una habitación alquilada. Por dicho espacio en un buen barrio (digamos un Chapinero alto en Bogotá), estamos hablando de entre 400 y 500 CAD al mes. Esta habitación viene con todos los servicios incluido internet, electricidad, calefacción etc. No perdamos de vista que el precio de la habitación es un tercio del salario mínimo (1688 CAD suponiendo que se trabajen 5 días a la semana, 8 horas diarias, la hora a 10.55 ) y que no estamos hablando de vivir en cualquier barrio, sino es uno elegante.

Para ilustrar las cosas, en Montreal tengo que trabajar 9 horas para comprarme pasajes ilimitados de metro y bus por un mes. Por su parte, en Bogotá tendría que trabajar casi 15 horas para pagarme 2 pasajes diarios los días hábiles del mes.

No aspiro a ganarme el salario mínimo en Montreal, per si por algún azar del destino tuviera que hacerlo, podría tener una vida decente. Me alcanzaría para vivir bien, mercar, salir de vez en cuando y transportarme. Bueno, ya con hijos los precios cambian, por su puesto.

No me voy a tomar la molestia de responder a la pregunta, ¿para qué alcanza el mínimo en Bogotá?

La seguridad

En Montreal roban. Eso pasa en todas las grandes ciudades del mundo. No es extraño que a la gente le saquen el celular del bolsillo en el metro, en contadas ocasiones se les metan a la casa (porque no cierran con llave) o que, esporádicamente a algún desprevenido le rapen el celular mientras habla por la calle.

Sin embargo, hay algo que en Canadá casi nunca pasa: el atraco a mano armada. He hablado con varios canadienses y me dicen que es extrañísimo que a alguien le saquen un arma y le digan “el celular o lo mato”. Por una parte, aquí los crímenes cometidos con armas son muy graves y por otra, es difícil que una persona se vea tan paila del hambre como para poner en riesgo la vida del otro. Como dije, el estado da subsidios.

Para que compartan mi asombro, el primer asesinato del año en Montreal ocurrió el 28 de marzo. EL PRIMER ASESINATO DEL AÑO EN UNA CIUDAD DE MÁS DE 4 MILLONES DE PERSONAS OCURRIÓ EN MARZO.

 

 

Plan Canitas Jr.

En enero cumpliré 30 años, pero estoy practicando desde que tenía 22. Crecí en medio de los “no seas tan anciano”, “qué man tan aburrido” y “¿ya te dio sueño?”. Soy “esta juventud nació cansada” hecha carne.

Sé que no estoy solo. Por eso he decidido crear el colectivo Plan Canitas Jr. Favor tener en consideración lo siguiente:

  1. Rumba

En este grupo nadie tiene ganas de rumbear cada 8 días. Eso sí, en ocasiones la nostalgia por la excesiva energía de tiempos pasados aparece y nos dan ganas de tomarnos unos tragos y reunirnos con amigos. Normalmente el impulso nos dura hasta la 1 a.m. cuando empezamos a extrañar el silencio y la comodidad de nuestra cama.

  1. Reloj biológico

Nos caracterizamos por desconocer la utilidad de las alarmas. Nuestro cuerpo está diseñado para despertarse antes de la 6 a.m. No importa si es domingo o si la noche fuimos por unos tragos; tenemos una ineludible cita con el canto de los pajaritos mientras descargamos la vejiga.

  1. Radio

Siempre estamos escuchando radio hablada. Aunque sabemos, por ósmosis, qué canciones están de moda, nuestro tiempo es dedicado a enterarnos de lo que pasa en el mundo. Sabemos cómo se llaman los ministros, los senadores, los alcaldes de otras ciudades, los presidentes de la región y las demás personalidades. Los caracoleros sabemos quiénes son Alexei Castaño y Yarid Montaña.

  1. Salidas

Nos fascinan los conciertos, pero ojalá no sean en el Simón Bolívar ni en la 222. Nada más hermoso que estar comodamente sentado en un teatro. Qué lindas son las presentaciones musicales que empiezan puntualmente y se acaban a horas decentes. Aceptémoslo, todos los viernes son de siluetas hasta que se nos obligue a lo contrario.

  1. Los jóvenes de hoy en día (ya no distinguen el mal del bien)

Nos parece que nuestra generación fue la última cuerda que dio el planeta. Se nos desencaja la mandíbula cuando vemos cómo los niños de ahora tratan a los papás en público. Nos aterra que nuestras legendarias “montadas” sean ahora bullying y que haya niños débiles de carácter que no se aguantan un apodo.

Si está interesado en unirse, debe enviar una copia de la cédula ampliada al 150%. No hay restricciones de edad; las actitudes ancianas están en el corazón.

@ahlisto.

Mi doble moral con Uber

En mi experiencia como profesor he aprendido que, en muchas ocasiones, uno aprende mejor y tiene una perspectiva más amplia cuando le dan ejemplos. Hoy quiero hacer algunas reflexiones acerca de Uber tomando como ejemplo un caso ficticio.

En nuestro caso hay cuatro personajes:

La Universidad Legálitas: institución con amplia tradición con algunos problemas de ejecución representada por el director del departamento.

Los profesores del departamento: consagrados a su profesión y negaditos para el cambio.

Los estudiantes: a veces sufren injusticias y burocracias del sistema.

El profesor nuevo: lo llamaremos Alcides.

El problema

La Universidad Legálitas siempre se ha caracterizado por formar excelentes profesionales. Sin embargo, éstos se quejan constantemente de los pésimos diseños en los exámenes. Argumentan que los exámenes son anticuados y que no fueron preparados adecuadamente para obtener buenos resultados. Dicen, en resumidas cuentas, que no se ajustan a sus necesidades y que los profesores reaccionan de manera agresiva cuando sugieren cambios.

La oportunidad

Alcides es nuevo en Legálitas y, al observar la situación de los exámenes, piensa que es su ocasión para brillar. Tras analizar las necesidades específicas expuestas por los estudiantes, se le ocurre diseñar un nuevo examen; con protocolos de ejecución más humanos y con una comprensión romántica de lo que los estudiantes querían.

La ejecución

Llegó el día del examen final. Alcides llegó al salón y vio cómo sus estudiantes le volteaban los ojos y se rascaban la cabeza porque sabían lo que les esperaba. Con una sonrisa, le dio el examen al primer estudiante. Conforme la pila de hojas en su brazo se hacía más pequeña, veía cómo la expresión de todos cambiaba. Confundidos, se miraban unos a otros pensando que se trataba de una broma.

Luego de una hora, el primer estudiante entregó el examen. Antes de partir, se acercó a Alcides, le dio la mano y le susurró –gracias, profe. Es el primer examen chévere que hago en la carrera-. Pasada una hora y media, todos habían terminado y Alcides fue testigo del agradecimiento en el rostro cada uno al salir.

El altercado

Alcides no podía estar más feliz: sus estudiantes estaban agradecidos y él había quedado como un príncipe. Se dirigió a la sala de profesores para contar lo sucedido en la reunión del departamento. Entre caras enojadas, manotazos y gritos, escuchó a sus compañeros exponer una larga lista de problemas durante la evaluación. Él, empoderado por su revolucionario acto, les contó su idea. Al principio, el director del departamento creyó que era un chiste, pero en Alcides no se asomaban gestos que corroboraran su hipótesis.

  • Ah, ¿es en serio?¿USTED HIZO QUÉ?
  • Diseñé un examen que respondiera a las necesidades de los estudiantes.
  • Bueno, ¿y es que usted cree que estamos pintados en la pared? Nosotros nos matamos diseñando ese examen y está parametrizado para que responda a los requerimientos establecidos por el gobierno.
  • Pues sí, pero el examen no les gusta, ¿qué hacemos?
  • PUES DE MALAS. Usted no me va a traer aquí exámenes piratas. ¿Usted cómo sabe que su examen sí mide lo que debe medir?
  • Pues yo no sé si es tan ajustado a las normas como los de ustedes, pero los estudiantes están felices y eso es lo importante. Además, en otras universidades este método funciona y la gente lo aprueba.
  • Pues eso será en otras. Aquí las reglas son claras.
  • Entonces las que están mal son las reglas.
  • Ah, quememos todos los exámenes y diseñe usted todo.
  • Pues si me dan permiso, con mucho gusto.
  • ¡Cínico! En esta universidades hay reglas y usted no se las puede volar porque sí. Don Alcides, queda usted despedido.
  • ¿Pero por qué? Me van a echar por querer ayudar.
  • No, lo despido porque hay reglas muy estrictas en cuanto a la elaboración de exámenes y usted las rompió todas. Hasta luego.
  • Esto no se va a quedar así.

El apoyo de todos

Lleno de ira, Alcides se fue de la reunión. En el camino, se encontró a un estudiante y le contó lo ocurrido. En pocos minutos, decenas de alumnos los rodearon para escuchar su testimonio.

  • Profe, ¿cómo así? Usted es el único que diseña bien los exámenes y lo van a echar.
  • ¿Cómo les parece, muchachos? Yo quiero ayudarles y me dieron la espalda. Pienso en su felicidad y me salen que eso no es así, que toca seguir las reglas de la universidad.
  • Pues no profe, fresco que lo vamos a apoyar. Muchachos vamos al departamento a hablar porque el profe no se puede ir.
  • Gracias, muchachos. Les agradezco el apoyo.

La confrontación

Una turba enardecida casi tumba la puerta del departamento.

  • Señor director, ¿es verdad que piensa echar al único profesor que de verdad se ha esforzado por hacer las cosas bien?
  • Es cierto. Pero no porque se interese por hacer las cosas bien. Usted sabe que los otros profesores dedican buena parte de su tiempo a hacer los exámenes y antes de que lleguen a sus manos, cada ejercicio es evaluado con rigurosidad. Uno no puede llegar de la noche a la mañana y hacer algo sin preguntarle a nadie esperando que no pase nada .
  • ¿O sea que es más importante cumplir la regla y valorar la legalidad del examen que la prueba en sí sea mala?
  • Usted lo ha dicho.
  • Bueno, digamos que eso está bien. Ahora, ¿usted se ha preguntado por qué será que apoyamos al profesor si se supone que sus exámenes son tan buenos?
  • Eso es irrelevante. Las reglas son las reglas.
  • Niña, hagamos una cosa, calmémonos un poco y reunámonos otro día. Ese día hablamos bien.
  • Espero que ese día estén más abiertos.

La reunión final

Cada miembro involucrado en la discusión tuvo una discusión a puerta cerrada donde expuso sus puntos. Los profesores dijeron que no iba a llegar un don nadie a quitarles el trabajo, pero reflexionaron y decidieron mejorar los procesos de elaboración de los exámenes, pero de forma legal. El director del departamento pensó que quizás podían darle una mirada a la propuesta de Alcides y regularla para que todos estuvieran felices. Alcides se mantuvo en su posición y pensó en cómo hacer el examen aún más humano. Los estudiantes, por su parte, hicieron una larga lista de quejas por los malos tratos que habían recibido de los profesores y diseñaron una campaña para darle un espaldarazo a Alcides.

  • D: Buenos días, a todos. En mi calidad de director del departamento presidiré esta reunión. Señor Alcides, estuve analizando su caso y me parece que de esta experiencia podemos aprender algo. Es evidente que tiene razón cuando afirma que los estudiantes no están satisfechos con el proceso evaluativo . Por tal motivo, he diseñado un paquete de medidas para que su examen sea parametrizado y pueda ser oficial en la universidad.
  • A: Un momentico, señor. A mí no me van a cambiar el examen. Las reglas las pongo yo. A mí no me van a decir qué debo hacer. Mis jefes son los estudiantes y lo único que me importa es lo que opinen ellos.
  • E: Sí, señor director, los estudiantes estamos de acuerdo. El examen debe quedarse así tal cual. Consideramos que está bien y no tenemos por qué seguirnos aguantando más injusticias.
  • P: Permítame tomamos la palabra, señor director. Los profesores queremos manifestar que no estamos de acuerdo con ninguna forma de ilegalidad en la academia. Eso sí, reconocemos que quizás hemos sido un poco tercos y no hemos innovado. Tengan en cuenta que no todos los profesores son de planta y están comprometidos hay unos de cátedra que vienen a enseñar de escampadero y no le meten la ficha a su trabajo. Reconocemos que a veces no tratamos bien a los estudiantes cuando hacemos el examen y eso está mal. Sin embargo, eso no es motivo suficiente para eliminar de tajo nuestra función. Nos comprometemos a cambiar, pero el procedimiento ante la universidad debe ser el mismo. No creemos en las regulaciones.
  • A: Dejen de ser tan mediocres. Hagan bien los exámenes y verán que los estudiantes no se morirían por tomar el mío.
  • P: No más con usted, pirata, ¿sabe qué? Donde veamos otro como usted haciendo esos exámenes inventados, le rompemos esas hojas. De ahora en adelante haremos un control estricto a todo examen que llegue al aula para evitar más profesores revolucionarios. Se le acabó el cuartico de hora .
  • A: Pues no sé cómo me van a detener porque hablé con unos abogados y ustedes no me pueden echar. Seguiré haciendo mis exámenes así sea a las malas.
  • E: Bien dicho profe, mientras usted esté aquí, no lo vamos a desamparar.

La lucha sigue. Cada uno desde su esquina, inamovible. Los profesores no aceptarán a Alcides y siguen escudándose en que los de cátedra son los malos. Los estudiantes seguirán tomando los exámenes y exigirán que se los valgan porque son los que les gustan. El director del departamento se deja influenciar por lo que digan los profesores para evitar problemas, pero en el fondo entiendo el origen del caos. Por su parte, Alcides sigue haciendo los exámenes escudado en el bien que le hace a los estudiantes.

FIN

Terminé escribiendo un cuento. Ah listo. Bueno, espero que el punto haya quedado claro.

Espero que no me vaya a salir el estudiante de literatura mamerto a decirme que mi cuento carece de consistencia narrativa y que no que mi estructura es de papel. Yo no quiero ganarme un premio y ESTO ES UN BLOG INSIGNIFICANTE.

Bueno, ahora sí voy con la doble moral .

Ustedes pueden simpatizar con quien quieran en el cuento. Pero para llegar al punto, dejaré la metáfora a un lado.

Uber es ilegal, ¿qué hacemos? Presta un servicio mejor que el de los taxis, ¿qué hacemos? De cada 10 taxis a los que me subo, 4 vienen con Olímpica a todo timbal, 3 me redondean la tarifa y se emputan si les reclamo, y los otros 3 manejan como si todo el tiempo tuvieran diarrea y me tuvieran que dejar de afán para ir al baño, ¿qué hacemos?

Amigo taxista, Uber es ilegal, nadie te lo pelea. Tú tienes que llevar comida a tu casa, nadie te lo pelea. Tú pagas impuestos y ellos no, nadie te lo pelea. Pero si tú prestaras un excelente servicio, nada de esto estaría pasando.

Es muy fácil discutir de forma abstracta acerca de un problema cotidiano, pero qué difícil es ponerlo en práctica. Uno no quiere promover la ilegalidad, pero lo saludan, le preguntan qué música quiere oír y no lo tumban con la tarifa y se le pasa.

La verdad, espero que Uber sea temporal. Déjenme soñar que algún día, el gobierno y las empresas capacitarán a todos los taxistas en servicio al cliente, mejorarán su flota automotora, y los sancionará drásticamente cuando se nieguen a prestar un servicio e intenten cobrar de más.

También déjenme soñar que los taxistas dejarán de desafiar a las matemáticas y pensarán con el corazón y no con el bolsillo.

Mientras tanto, seguiré siendo parte del problema y no de la solución. Ejerceré, sin esconderme, mi derecho innegable a la doble moral. Seguiré usando Uber.

Racismo softcore

Cuando tenía más o menos 10 años, fui a unas vacaciones recreativas con un grupo de niños. No reacuerdo con exactitud nuestro destino, pero estoy casi seguro de que íbamos a un museo interactivo. Iba por mi cuenta, así que no tenía amigos con quiénes hablar. Todo transcurría con normalidad hasta que, al bajarme del bus, noté que tres niños se reían detrás de mí. Pensé que se estaban riendo de un chiste y no le di mucha importancia.

Pasaron los minutos y las risas no cesaban. Esta vez, de reojo, pude ver que los niños me señalaban y se reían de mí. Me dio rabia y los increpé: -¿qué les pasa?-, a lo que respondieron, – Nada, que usted es negro – y procedieron a taparse la nariz, simulando que de mi cuerpo emanaba un olor a mierda.

Me enfurecí, pero no les dije nada. Me alejé de ellos y empecé a caminar con otras personas del grupo. Mientras caminaba por el museo, leía las descripciones de las piezas, pero no me podía concentrar; sólo pensaba en lo que me habían dicho esos niños.

En un momento de distracción los tres niños me alcanzaron y me les quedé viendo. Uno de ellos, el más grande, me dijo: -Usted es negro, ¿qué hace aquí?- y me pegó una cachetada. Sentí que me pegaron en el alma; en el orgullo. Me quedé inmóvil en una esquina hasta que una de las guías de la actividad se me acercó y me preguntó qué había pasado. No le pude contar mucho porque estaba llorando así como cuando a uno no alcanza el aire ni para sollozar.

La guía nos sacó a los 3 niños ya mí y los sermoneó hasta el cansancio. Llamaron a mi mamá y a la de los niños. Cuando le contaron a mi mamá lo ocurrido, vi en ella una expresión que nunca olvidaré: tenía una hoguera en los ojos y un leve temblor en su boca. Pensé que en cualquier momento iba a explotar, pero no lo hizo.

Las mamás de los otros niños también llegaron y no sabían dónde meterse de la vergüenza. Al que me pegó, le dieron unos cuántos coscorrones. No sentí tanto fesquito como pensé.

En medio del alboroto y de los regaños a diestra y siniestra, le dije a mi mamá lo más feo que se me pudo ocurrir: -Esto es culpa tuya porque me hiciste negro- y, sin mayor consideración, procedí a enterrarme las uñas en la piel. Las mamás de los otros niños vieron la escena y se pusieron a llorar. Yo lloraba porque era negro, mi mamá lloraba porque yo sufría, las mamás lloraban porque criaron hijos racistas y los niños lloraban porque les habían pegado.

En medio de la escena de película, la mamá del niño que me había pegado, se le acercó a mi mamá y le pidió disculpas. Ella, en su infinita nobleza, la abrazó. Ese día aprendí qué era el perdón. Luego, el niño que me había golpeado se me acercó llorando y me extendió su mano. Yo se la apreté y di todo por terminado.

En mis 29 años de vida, esa ha sido la historia de racismo más fuerte que he experimentado .De hecho, me atrevería a decir que es la única explícita. Lo demás ha sido softcore.

Con el tiempo, he aprendido a vivir con el racismo. De hecho, lo más importante ha sido aprender a no indignarme por pendejadas. Sé cuando alguien me llama negro en forma afectuosa o cuando usa esa misma palabra para hacerme sentir mal.

Tengo varios amigos que me dicen negro e, incluso, hacen chistes racistas delante de mí y saben que no me ofenderé. Los que me leen en Twitter saben que todo el tiempo hago tuits de “triunfé” o “fracasé como negro” y no considero que esté “traicionando mi raza” o algo por el estilo.

Ahora, más que contarles una historia o justificar mi humor negro, quiero contarles a qué le llamo racismo softcore:

Es esa discriminación evidente, pero indirecta que por dentro me genera unas leves ganas de pegarles un puño, pero al mismo tiempo me da pesar por sus almas.

Para ilustrar, les voy a dar 3 ejemplos:

Gramática:

En lingüística sabemos que no hay nada más racista que las conjunciones adversativas. “Pero” es la más conocida.

Por ejemplo, algo que le dijeron una vez a mi hermana mientras no estaba presente:

“Ella es negra, pero bonita”. Ah listo, es decir  que ella es la excepción porque las negras normalmente no los son. Muy bien.

A mí una vez me dijeron:

“Él es negro, pero pilo”. Mejor no les comento esa.

El estadio:

Hace 3 años voy al estadio a ver fútbol y no hay semestre en el que no oiga cómo dicen: “Negro hijueputa, ojalá se muera. Váyase a vender cocadas en un semáforo”. En el estadio, todos los negros son hijueputas, menos yo cuando los increpo y los jugadores del equipo al que apoyamos si hacen un buen trabajo.

Caminar por la noche:

Siempre que camino de noche en Bogotá y voy solo, las personas se cambian de andén cuando caminan hacia a mí. Las señoras se toman duro el bolso, las mamás abrazan a sus hijos…

En cualquier puesto de requisa de la policía salgo beneficiado con un una consulta gratuita de antecedentes penales.

Bueno, en este punto tendría que aclarar que depende de la pinta que lleve. Si voy en mochila y Converse, no hay pierde. Si salgo de trabajar del Cesa, soy persona de bien. Es como violar la lógica de “aunque la mona se vista de seda…”

Yo sé que el racismo hace parte de nuestra lengua (parte de mi tesis de pregrado se la dediqué al tema).

Cuando hay trampa, hay mano negra, cuando no somos honestos, tenemos negras intenciones y así podría continuar.

Mi mensaje es:

No utilicen el color de nuestra piel para insultarnos ni para hacernos sentir inferiores a ustedes.

Eso era todo.

@ahlisto

Distancia de poder y educación  

En lingüística hay un concepto que se llama “Distancia de Poder”. Consiste en determinar qué tan lejos creemos  que estamos de ciertas personas en términos jerárquicos o culturales. Por ejemplo, si conocemos a un gringo o a un europeo, lo más posible es que lo consideremos como miembro de una cultura avanzada –superior, si se quiere- , muy lejos de nuestra realidad colombiana. Sólo con escuchar su país de procedencia, nos imaginamos que es rico o educado (después nos sentamos a debatir si ese imaginario es cierto, hoy ese no es el punto).

Ilustraré mi punto.Un día acompañé a mi mamá a urgencias en la clínica El Country. Mientras la atendían, llegó un señor de unos 40 años, alto, de ojos azules y con cierto aire de superioridad. En un español bastante discreto, dijo que era ciudadano americano y que lo tenían que atender urgente. Todo esto ocurrió  mientras mostraba con vehemencia su pasaporte. Me reí por dentro, “pobre iluso” pensé. Como no le vi un puñal clavado en el pecho ni una extremidad colgándole de pocos tendones, pensé que lo atenderían como cualquier otro parroquiano. Pues no. A los 3 minutos salió una camilla y lo recogió. Ante la mirada atónita de gente llorando del dolor y padres con niños de brazos, un gringo, por ser gringo, fue atendido con mayor rapidez que decenas de colombianos.

En zonas exclusivas de ciudades chinas, cuando un hombre rubio de más de 1,80 entra a un bar, es muy posible que gente que no conoce lo invite a tomar un trago, sólo por tener aspecto diferente. El dueño del bar, personalmente, se le acercará y le preguntará cómo va todo. Andar con gente de países exitosos es tremendo caché.

Un caso similar ocurre en Bogotá. Vayan cualquier martes a La Villa y sean testigos de cómo las personas miran con ilusión a los extranjeros que se congregan a bailar. Una vez, con la cara escurriéndoseme de la vergüenza, tuve que escuchar a un estudiante gringo preguntarme por qué las colombianas eran tan fáciles: “Siempre que salgo, hablo con las chicas y cuando escuchan mi acento se interesan mucho en mí. Me he acostado con 4 chicas en un mes. Es como si estando conmigo, se sintieran gringas. Pero no salgo muchas veces con ellas porque me preguntan cuándo las invito a mi ciudad y si me quiero casar para que ellas puedan salir de aquí”.

Creo que mi estudiante no habría tenido tanto “éxito” con las mujeres si fuera boliviano o de Pakistán. Tampoco ciudadanos de esas nacionalidades recibirían tragos gratis en las zonas rosas de ciudades chinas. Mucho menos, los atenderían primero que a un colombiano en un hospital. A ellos los miramos por encima del hombro.

Me excedí en la introducción.

Ahora sí, el tema que nos interesa. Esa misma lógica de la distancia de poder que he expuesto hasta el momento, opera en la educación de idiomas. Es decir, un profesor de inglés gringo es mejor que un profesor colombiano. El sentido común le dice a uno que el gringo no tiene el marcado acento latino  y que su vocabulario es más preciso que el de un profesor colombiano. Además, el conocimiento cultural que acompaña a la lengua es más fuerte en un nativo que en una persona que aprendió la lengua desligada de las actividades propias del país donde se habla.

Aunque el sentido común debería ser menos raro y más común, no es infalible en todos los casos. El sentido común y la observación me invitan a pensar que la conjugación del verbo caber en el presente del indicativo para la primera persona del singular es cabo. Pero es quepo. Pasa lo mismo en la enseñanza de lenguas. Evidentemente  un hablante nativo tiene una enorme ventaja si lo comparamos con alguien que aprende esa lengua. En primer lugar, desde niño se llenó de reflejos lingüísticos que le permiten detectar cuando algo suena raro o poco natural. En segundo lugar, posee un lexicón mental completísimo que le permite referirse a acciones u objetos con una mayor precisión.

Claro está, esas dos afirmaciones que hice anteriormente son válidas si el hablante nativo pasó por un sistema educativo que le permitiera desarrollarlas. Ser hablante nativo de una lengua no garantiza, bajo ninguna circunstancia, que uno pueda hablarla bien. Dudo mucho que un gringo (que no haya estudiado su lengua en una universidad) me pueda decir cuál es el orden reglamentario en la enumeración de  adjetivos o explicar cuál es la diferencia entre una mixed conditional y una conditional type 3.

De la misma forma, un colombiano promedio no me podría explicar cómo se forman nuevas matrices de subjuntivo en las oraciones sub-sub-subordinadas o por qué debo usar dos verbos diferentes en  “la fiesta es en mi casa” y “mi mamá está en mi casa” si no hay ninguna diferencia aparente. El sentido común nunca será suficiente para explicar cómo funciona una lengua.

Y eso que hemos dejado de lado lo más importante, ¿y la pedagogía? Si ser hablante nativo no garantiza el dominio de una lengua, muchísimo menos empodera a alguien para que la enseñe. Enseñar no es abrir un libro, seguir instrucciones y responder preguntas (dudo que si no están preparados las puedan responder). Enseñar es una actividad compleja que implica ser mediador/guía/facilitador/ entre un conocimiento y el estudiante. Ese desplazamiento incluye también un conocimiento del contexto en el que nos movemos. Si no sé qué voy a enseñar, cómo enseñarlo ni cómo aprende el estudiante, no estoy haciendo nada.

Una cosa es que uno sea bueno tocando guitarra. Otra cosa es saber leer una partitura y cómo funciona el instrumento. Otra, muy diferente, es enseñarle a alguien a tocarla. Si Santana se ofrece a darme clases de guitarra, yo aceptaría corriendo, pero eso no es por ósmosis; Santana debe enseñarme bien y yo debo estar dispuesto a aprender. De lo contario, me quedaré sin haber aprendido nada y él seguirá siendo un gran músico, pero mal profesor.

En Colombia tenemos un déficit impresionante en bilingüismo. Recuerdo que hicieron un estudio hace pocos años y tan sólo el 13% de los profesores de inglés en el país tenían un nivel B2. Eso da para encerrarse dos días a llorar. El problema está ahí y tenemos que enfrentarlo. Es evidente que tenemos que empezar con los profesores porque si ellos no hablan inglés, estamos fritos *piensen en la parte de atrás de la bolsa de Tostacos*.

Estas propuestas de traer extranjeros para que capaciten profesores y le enseñen a alumnos colombianos funcionan bien si los extranjeros saben algo de inglés, además de hablarlo. Necesitamos fortalecer estrategias de lectoescritura, argumentación, uso de conectores, precisión léxica, competencia comunicativa intercultural, entre otros. Eso no se aprende en una noche. Hay que estudiar con juicio esos aspectos de la lengua para estar en la capacidad de compartirlos.

Según las metas de bilingüismo del gobierno, antes de 20 años, Colombia hablaría inglés *entran risas grabadas durante 10 minutos*. Hay que ser serios. La educación no puede ser una actividad para gente confundida en la vida que se quiere desvarar y despejar la mente. La docencia es una profesión seria, como cualquier otra. Nadie hace un curso de 3 meses y va a ser odontólogo a otro país, ¿por qué esa última comparación suena ridícula y la del profesor no? Ah, verdad que hablar una lengua y enseñarla es fácil y lo puede hacer cualquiera.

@ahlisto.