Distancia de poder y educación  

En lingüística hay un concepto que se llama “Distancia de Poder”. Consiste en determinar qué tan lejos creemos  que estamos de ciertas personas en términos jerárquicos o culturales. Por ejemplo, si conocemos a un gringo o a un europeo, lo más posible es que lo consideremos como miembro de una cultura avanzada –superior, si se quiere- , muy lejos de nuestra realidad colombiana. Sólo con escuchar su país de procedencia, nos imaginamos que es rico o educado (después nos sentamos a debatir si ese imaginario es cierto, hoy ese no es el punto).

Ilustraré mi punto.Un día acompañé a mi mamá a urgencias en la clínica El Country. Mientras la atendían, llegó un señor de unos 40 años, alto, de ojos azules y con cierto aire de superioridad. En un español bastante discreto, dijo que era ciudadano americano y que lo tenían que atender urgente. Todo esto ocurrió  mientras mostraba con vehemencia su pasaporte. Me reí por dentro, “pobre iluso” pensé. Como no le vi un puñal clavado en el pecho ni una extremidad colgándole de pocos tendones, pensé que lo atenderían como cualquier otro parroquiano. Pues no. A los 3 minutos salió una camilla y lo recogió. Ante la mirada atónita de gente llorando del dolor y padres con niños de brazos, un gringo, por ser gringo, fue atendido con mayor rapidez que decenas de colombianos.

En zonas exclusivas de ciudades chinas, cuando un hombre rubio de más de 1,80 entra a un bar, es muy posible que gente que no conoce lo invite a tomar un trago, sólo por tener aspecto diferente. El dueño del bar, personalmente, se le acercará y le preguntará cómo va todo. Andar con gente de países exitosos es tremendo caché.

Un caso similar ocurre en Bogotá. Vayan cualquier martes a La Villa y sean testigos de cómo las personas miran con ilusión a los extranjeros que se congregan a bailar. Una vez, con la cara escurriéndoseme de la vergüenza, tuve que escuchar a un estudiante gringo preguntarme por qué las colombianas eran tan fáciles: “Siempre que salgo, hablo con las chicas y cuando escuchan mi acento se interesan mucho en mí. Me he acostado con 4 chicas en un mes. Es como si estando conmigo, se sintieran gringas. Pero no salgo muchas veces con ellas porque me preguntan cuándo las invito a mi ciudad y si me quiero casar para que ellas puedan salir de aquí”.

Creo que mi estudiante no habría tenido tanto “éxito” con las mujeres si fuera boliviano o de Pakistán. Tampoco ciudadanos de esas nacionalidades recibirían tragos gratis en las zonas rosas de ciudades chinas. Mucho menos, los atenderían primero que a un colombiano en un hospital. A ellos los miramos por encima del hombro.

Me excedí en la introducción.

Ahora sí, el tema que nos interesa. Esa misma lógica de la distancia de poder que he expuesto hasta el momento, opera en la educación de idiomas. Es decir, un profesor de inglés gringo es mejor que un profesor colombiano. El sentido común le dice a uno que el gringo no tiene el marcado acento latino  y que su vocabulario es más preciso que el de un profesor colombiano. Además, el conocimiento cultural que acompaña a la lengua es más fuerte en un nativo que en una persona que aprendió la lengua desligada de las actividades propias del país donde se habla.

Aunque el sentido común debería ser menos raro y más común, no es infalible en todos los casos. El sentido común y la observación me invitan a pensar que la conjugación del verbo caber en el presente del indicativo para la primera persona del singular es cabo. Pero es quepo. Pasa lo mismo en la enseñanza de lenguas. Evidentemente  un hablante nativo tiene una enorme ventaja si lo comparamos con alguien que aprende esa lengua. En primer lugar, desde niño se llenó de reflejos lingüísticos que le permiten detectar cuando algo suena raro o poco natural. En segundo lugar, posee un lexicón mental completísimo que le permite referirse a acciones u objetos con una mayor precisión.

Claro está, esas dos afirmaciones que hice anteriormente son válidas si el hablante nativo pasó por un sistema educativo que le permitiera desarrollarlas. Ser hablante nativo de una lengua no garantiza, bajo ninguna circunstancia, que uno pueda hablarla bien. Dudo mucho que un gringo (que no haya estudiado su lengua en una universidad) me pueda decir cuál es el orden reglamentario en la enumeración de  adjetivos o explicar cuál es la diferencia entre una mixed conditional y una conditional type 3.

De la misma forma, un colombiano promedio no me podría explicar cómo se forman nuevas matrices de subjuntivo en las oraciones sub-sub-subordinadas o por qué debo usar dos verbos diferentes en  “la fiesta es en mi casa” y “mi mamá está en mi casa” si no hay ninguna diferencia aparente. El sentido común nunca será suficiente para explicar cómo funciona una lengua.

Y eso que hemos dejado de lado lo más importante, ¿y la pedagogía? Si ser hablante nativo no garantiza el dominio de una lengua, muchísimo menos empodera a alguien para que la enseñe. Enseñar no es abrir un libro, seguir instrucciones y responder preguntas (dudo que si no están preparados las puedan responder). Enseñar es una actividad compleja que implica ser mediador/guía/facilitador/ entre un conocimiento y el estudiante. Ese desplazamiento incluye también un conocimiento del contexto en el que nos movemos. Si no sé qué voy a enseñar, cómo enseñarlo ni cómo aprende el estudiante, no estoy haciendo nada.

Una cosa es que uno sea bueno tocando guitarra. Otra cosa es saber leer una partitura y cómo funciona el instrumento. Otra, muy diferente, es enseñarle a alguien a tocarla. Si Santana se ofrece a darme clases de guitarra, yo aceptaría corriendo, pero eso no es por ósmosis; Santana debe enseñarme bien y yo debo estar dispuesto a aprender. De lo contario, me quedaré sin haber aprendido nada y él seguirá siendo un gran músico, pero mal profesor.

En Colombia tenemos un déficit impresionante en bilingüismo. Recuerdo que hicieron un estudio hace pocos años y tan sólo el 13% de los profesores de inglés en el país tenían un nivel B2. Eso da para encerrarse dos días a llorar. El problema está ahí y tenemos que enfrentarlo. Es evidente que tenemos que empezar con los profesores porque si ellos no hablan inglés, estamos fritos *piensen en la parte de atrás de la bolsa de Tostacos*.

Estas propuestas de traer extranjeros para que capaciten profesores y le enseñen a alumnos colombianos funcionan bien si los extranjeros saben algo de inglés, además de hablarlo. Necesitamos fortalecer estrategias de lectoescritura, argumentación, uso de conectores, precisión léxica, competencia comunicativa intercultural, entre otros. Eso no se aprende en una noche. Hay que estudiar con juicio esos aspectos de la lengua para estar en la capacidad de compartirlos.

Según las metas de bilingüismo del gobierno, antes de 20 años, Colombia hablaría inglés *entran risas grabadas durante 10 minutos*. Hay que ser serios. La educación no puede ser una actividad para gente confundida en la vida que se quiere desvarar y despejar la mente. La docencia es una profesión seria, como cualquier otra. Nadie hace un curso de 3 meses y va a ser odontólogo a otro país, ¿por qué esa última comparación suena ridícula y la del profesor no? Ah, verdad que hablar una lengua y enseñarla es fácil y lo puede hacer cualquiera.

@ahlisto.

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