Racismo softcore

Cuando tenía más o menos 10 años, fui a unas vacaciones recreativas con un grupo de niños. No reacuerdo con exactitud nuestro destino, pero estoy casi seguro de que íbamos a un museo interactivo. Iba por mi cuenta, así que no tenía amigos con quiénes hablar. Todo transcurría con normalidad hasta que, al bajarme del bus, noté que tres niños se reían detrás de mí. Pensé que se estaban riendo de un chiste y no le di mucha importancia.

Pasaron los minutos y las risas no cesaban. Esta vez, de reojo, pude ver que los niños me señalaban y se reían de mí. Me dio rabia y los increpé: -¿qué les pasa?-, a lo que respondieron, – Nada, que usted es negro – y procedieron a taparse la nariz, simulando que de mi cuerpo emanaba un olor a mierda.

Me enfurecí, pero no les dije nada. Me alejé de ellos y empecé a caminar con otras personas del grupo. Mientras caminaba por el museo, leía las descripciones de las piezas, pero no me podía concentrar; sólo pensaba en lo que me habían dicho esos niños.

En un momento de distracción los tres niños me alcanzaron y me les quedé viendo. Uno de ellos, el más grande, me dijo: -Usted es negro, ¿qué hace aquí?- y me pegó una cachetada. Sentí que me pegaron en el alma; en el orgullo. Me quedé inmóvil en una esquina hasta que una de las guías de la actividad se me acercó y me preguntó qué había pasado. No le pude contar mucho porque estaba llorando así como cuando a uno no alcanza el aire ni para sollozar.

La guía nos sacó a los 3 niños ya mí y los sermoneó hasta el cansancio. Llamaron a mi mamá y a la de los niños. Cuando le contaron a mi mamá lo ocurrido, vi en ella una expresión que nunca olvidaré: tenía una hoguera en los ojos y un leve temblor en su boca. Pensé que en cualquier momento iba a explotar, pero no lo hizo.

Las mamás de los otros niños también llegaron y no sabían dónde meterse de la vergüenza. Al que me pegó, le dieron unos cuántos coscorrones. No sentí tanto fesquito como pensé.

En medio del alboroto y de los regaños a diestra y siniestra, le dije a mi mamá lo más feo que se me pudo ocurrir: -Esto es culpa tuya porque me hiciste negro- y, sin mayor consideración, procedí a enterrarme las uñas en la piel. Las mamás de los otros niños vieron la escena y se pusieron a llorar. Yo lloraba porque era negro, mi mamá lloraba porque yo sufría, las mamás lloraban porque criaron hijos racistas y los niños lloraban porque les habían pegado.

En medio de la escena de película, la mamá del niño que me había pegado, se le acercó a mi mamá y le pidió disculpas. Ella, en su infinita nobleza, la abrazó. Ese día aprendí qué era el perdón. Luego, el niño que me había golpeado se me acercó llorando y me extendió su mano. Yo se la apreté y di todo por terminado.

En mis 29 años de vida, esa ha sido la historia de racismo más fuerte que he experimentado .De hecho, me atrevería a decir que es la única explícita. Lo demás ha sido softcore.

Con el tiempo, he aprendido a vivir con el racismo. De hecho, lo más importante ha sido aprender a no indignarme por pendejadas. Sé cuando alguien me llama negro en forma afectuosa o cuando usa esa misma palabra para hacerme sentir mal.

Tengo varios amigos que me dicen negro e, incluso, hacen chistes racistas delante de mí y saben que no me ofenderé. Los que me leen en Twitter saben que todo el tiempo hago tuits de “triunfé” o “fracasé como negro” y no considero que esté “traicionando mi raza” o algo por el estilo.

Ahora, más que contarles una historia o justificar mi humor negro, quiero contarles a qué le llamo racismo softcore:

Es esa discriminación evidente, pero indirecta que por dentro me genera unas leves ganas de pegarles un puño, pero al mismo tiempo me da pesar por sus almas.

Para ilustrar, les voy a dar 3 ejemplos:

Gramática:

En lingüística sabemos que no hay nada más racista que las conjunciones adversativas. “Pero” es la más conocida.

Por ejemplo, algo que le dijeron una vez a mi hermana mientras no estaba presente:

“Ella es negra, pero bonita”. Ah listo, es decir  que ella es la excepción porque las negras normalmente no los son. Muy bien.

A mí una vez me dijeron:

“Él es negro, pero pilo”. Mejor no les comento esa.

El estadio:

Hace 3 años voy al estadio a ver fútbol y no hay semestre en el que no oiga cómo dicen: “Negro hijueputa, ojalá se muera. Váyase a vender cocadas en un semáforo”. En el estadio, todos los negros son hijueputas, menos yo cuando los increpo y los jugadores del equipo al que apoyamos si hacen un buen trabajo.

Caminar por la noche:

Siempre que camino de noche en Bogotá y voy solo, las personas se cambian de andén cuando caminan hacia a mí. Las señoras se toman duro el bolso, las mamás abrazan a sus hijos…

En cualquier puesto de requisa de la policía salgo beneficiado con un una consulta gratuita de antecedentes penales.

Bueno, en este punto tendría que aclarar que depende de la pinta que lleve. Si voy en mochila y Converse, no hay pierde. Si salgo de trabajar del Cesa, soy persona de bien. Es como violar la lógica de “aunque la mona se vista de seda…”

Yo sé que el racismo hace parte de nuestra lengua (parte de mi tesis de pregrado se la dediqué al tema).

Cuando hay trampa, hay mano negra, cuando no somos honestos, tenemos negras intenciones y así podría continuar.

Mi mensaje es:

No utilicen el color de nuestra piel para insultarnos ni para hacernos sentir inferiores a ustedes.

Eso era todo.

@ahlisto

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