Mi doble moral con Uber

En mi experiencia como profesor he aprendido que, en muchas ocasiones, uno aprende mejor y tiene una perspectiva más amplia cuando le dan ejemplos. Hoy quiero hacer algunas reflexiones acerca de Uber tomando como ejemplo un caso ficticio.

En nuestro caso hay cuatro personajes:

La Universidad Legálitas: institución con amplia tradición con algunos problemas de ejecución representada por el director del departamento.

Los profesores del departamento: consagrados a su profesión y negaditos para el cambio.

Los estudiantes: a veces sufren injusticias y burocracias del sistema.

El profesor nuevo: lo llamaremos Alcides.

El problema

La Universidad Legálitas siempre se ha caracterizado por formar excelentes profesionales. Sin embargo, éstos se quejan constantemente de los pésimos diseños en los exámenes. Argumentan que los exámenes son anticuados y que no fueron preparados adecuadamente para obtener buenos resultados. Dicen, en resumidas cuentas, que no se ajustan a sus necesidades y que los profesores reaccionan de manera agresiva cuando sugieren cambios.

La oportunidad

Alcides es nuevo en Legálitas y, al observar la situación de los exámenes, piensa que es su ocasión para brillar. Tras analizar las necesidades específicas expuestas por los estudiantes, se le ocurre diseñar un nuevo examen; con protocolos de ejecución más humanos y con una comprensión romántica de lo que los estudiantes querían.

La ejecución

Llegó el día del examen final. Alcides llegó al salón y vio cómo sus estudiantes le volteaban los ojos y se rascaban la cabeza porque sabían lo que les esperaba. Con una sonrisa, le dio el examen al primer estudiante. Conforme la pila de hojas en su brazo se hacía más pequeña, veía cómo la expresión de todos cambiaba. Confundidos, se miraban unos a otros pensando que se trataba de una broma.

Luego de una hora, el primer estudiante entregó el examen. Antes de partir, se acercó a Alcides, le dio la mano y le susurró –gracias, profe. Es el primer examen chévere que hago en la carrera-. Pasada una hora y media, todos habían terminado y Alcides fue testigo del agradecimiento en el rostro cada uno al salir.

El altercado

Alcides no podía estar más feliz: sus estudiantes estaban agradecidos y él había quedado como un príncipe. Se dirigió a la sala de profesores para contar lo sucedido en la reunión del departamento. Entre caras enojadas, manotazos y gritos, escuchó a sus compañeros exponer una larga lista de problemas durante la evaluación. Él, empoderado por su revolucionario acto, les contó su idea. Al principio, el director del departamento creyó que era un chiste, pero en Alcides no se asomaban gestos que corroboraran su hipótesis.

  • Ah, ¿es en serio?¿USTED HIZO QUÉ?
  • Diseñé un examen que respondiera a las necesidades de los estudiantes.
  • Bueno, ¿y es que usted cree que estamos pintados en la pared? Nosotros nos matamos diseñando ese examen y está parametrizado para que responda a los requerimientos establecidos por el gobierno.
  • Pues sí, pero el examen no les gusta, ¿qué hacemos?
  • PUES DE MALAS. Usted no me va a traer aquí exámenes piratas. ¿Usted cómo sabe que su examen sí mide lo que debe medir?
  • Pues yo no sé si es tan ajustado a las normas como los de ustedes, pero los estudiantes están felices y eso es lo importante. Además, en otras universidades este método funciona y la gente lo aprueba.
  • Pues eso será en otras. Aquí las reglas son claras.
  • Entonces las que están mal son las reglas.
  • Ah, quememos todos los exámenes y diseñe usted todo.
  • Pues si me dan permiso, con mucho gusto.
  • ¡Cínico! En esta universidades hay reglas y usted no se las puede volar porque sí. Don Alcides, queda usted despedido.
  • ¿Pero por qué? Me van a echar por querer ayudar.
  • No, lo despido porque hay reglas muy estrictas en cuanto a la elaboración de exámenes y usted las rompió todas. Hasta luego.
  • Esto no se va a quedar así.

El apoyo de todos

Lleno de ira, Alcides se fue de la reunión. En el camino, se encontró a un estudiante y le contó lo ocurrido. En pocos minutos, decenas de alumnos los rodearon para escuchar su testimonio.

  • Profe, ¿cómo así? Usted es el único que diseña bien los exámenes y lo van a echar.
  • ¿Cómo les parece, muchachos? Yo quiero ayudarles y me dieron la espalda. Pienso en su felicidad y me salen que eso no es así, que toca seguir las reglas de la universidad.
  • Pues no profe, fresco que lo vamos a apoyar. Muchachos vamos al departamento a hablar porque el profe no se puede ir.
  • Gracias, muchachos. Les agradezco el apoyo.

La confrontación

Una turba enardecida casi tumba la puerta del departamento.

  • Señor director, ¿es verdad que piensa echar al único profesor que de verdad se ha esforzado por hacer las cosas bien?
  • Es cierto. Pero no porque se interese por hacer las cosas bien. Usted sabe que los otros profesores dedican buena parte de su tiempo a hacer los exámenes y antes de que lleguen a sus manos, cada ejercicio es evaluado con rigurosidad. Uno no puede llegar de la noche a la mañana y hacer algo sin preguntarle a nadie esperando que no pase nada .
  • ¿O sea que es más importante cumplir la regla y valorar la legalidad del examen que la prueba en sí sea mala?
  • Usted lo ha dicho.
  • Bueno, digamos que eso está bien. Ahora, ¿usted se ha preguntado por qué será que apoyamos al profesor si se supone que sus exámenes son tan buenos?
  • Eso es irrelevante. Las reglas son las reglas.
  • Niña, hagamos una cosa, calmémonos un poco y reunámonos otro día. Ese día hablamos bien.
  • Espero que ese día estén más abiertos.

La reunión final

Cada miembro involucrado en la discusión tuvo una discusión a puerta cerrada donde expuso sus puntos. Los profesores dijeron que no iba a llegar un don nadie a quitarles el trabajo, pero reflexionaron y decidieron mejorar los procesos de elaboración de los exámenes, pero de forma legal. El director del departamento pensó que quizás podían darle una mirada a la propuesta de Alcides y regularla para que todos estuvieran felices. Alcides se mantuvo en su posición y pensó en cómo hacer el examen aún más humano. Los estudiantes, por su parte, hicieron una larga lista de quejas por los malos tratos que habían recibido de los profesores y diseñaron una campaña para darle un espaldarazo a Alcides.

  • D: Buenos días, a todos. En mi calidad de director del departamento presidiré esta reunión. Señor Alcides, estuve analizando su caso y me parece que de esta experiencia podemos aprender algo. Es evidente que tiene razón cuando afirma que los estudiantes no están satisfechos con el proceso evaluativo . Por tal motivo, he diseñado un paquete de medidas para que su examen sea parametrizado y pueda ser oficial en la universidad.
  • A: Un momentico, señor. A mí no me van a cambiar el examen. Las reglas las pongo yo. A mí no me van a decir qué debo hacer. Mis jefes son los estudiantes y lo único que me importa es lo que opinen ellos.
  • E: Sí, señor director, los estudiantes estamos de acuerdo. El examen debe quedarse así tal cual. Consideramos que está bien y no tenemos por qué seguirnos aguantando más injusticias.
  • P: Permítame tomamos la palabra, señor director. Los profesores queremos manifestar que no estamos de acuerdo con ninguna forma de ilegalidad en la academia. Eso sí, reconocemos que quizás hemos sido un poco tercos y no hemos innovado. Tengan en cuenta que no todos los profesores son de planta y están comprometidos hay unos de cátedra que vienen a enseñar de escampadero y no le meten la ficha a su trabajo. Reconocemos que a veces no tratamos bien a los estudiantes cuando hacemos el examen y eso está mal. Sin embargo, eso no es motivo suficiente para eliminar de tajo nuestra función. Nos comprometemos a cambiar, pero el procedimiento ante la universidad debe ser el mismo. No creemos en las regulaciones.
  • A: Dejen de ser tan mediocres. Hagan bien los exámenes y verán que los estudiantes no se morirían por tomar el mío.
  • P: No más con usted, pirata, ¿sabe qué? Donde veamos otro como usted haciendo esos exámenes inventados, le rompemos esas hojas. De ahora en adelante haremos un control estricto a todo examen que llegue al aula para evitar más profesores revolucionarios. Se le acabó el cuartico de hora .
  • A: Pues no sé cómo me van a detener porque hablé con unos abogados y ustedes no me pueden echar. Seguiré haciendo mis exámenes así sea a las malas.
  • E: Bien dicho profe, mientras usted esté aquí, no lo vamos a desamparar.

La lucha sigue. Cada uno desde su esquina, inamovible. Los profesores no aceptarán a Alcides y siguen escudándose en que los de cátedra son los malos. Los estudiantes seguirán tomando los exámenes y exigirán que se los valgan porque son los que les gustan. El director del departamento se deja influenciar por lo que digan los profesores para evitar problemas, pero en el fondo entiendo el origen del caos. Por su parte, Alcides sigue haciendo los exámenes escudado en el bien que le hace a los estudiantes.

FIN

Terminé escribiendo un cuento. Ah listo. Bueno, espero que el punto haya quedado claro.

Espero que no me vaya a salir el estudiante de literatura mamerto a decirme que mi cuento carece de consistencia narrativa y que no que mi estructura es de papel. Yo no quiero ganarme un premio y ESTO ES UN BLOG INSIGNIFICANTE.

Bueno, ahora sí voy con la doble moral .

Ustedes pueden simpatizar con quien quieran en el cuento. Pero para llegar al punto, dejaré la metáfora a un lado.

Uber es ilegal, ¿qué hacemos? Presta un servicio mejor que el de los taxis, ¿qué hacemos? De cada 10 taxis a los que me subo, 4 vienen con Olímpica a todo timbal, 3 me redondean la tarifa y se emputan si les reclamo, y los otros 3 manejan como si todo el tiempo tuvieran diarrea y me tuvieran que dejar de afán para ir al baño, ¿qué hacemos?

Amigo taxista, Uber es ilegal, nadie te lo pelea. Tú tienes que llevar comida a tu casa, nadie te lo pelea. Tú pagas impuestos y ellos no, nadie te lo pelea. Pero si tú prestaras un excelente servicio, nada de esto estaría pasando.

Es muy fácil discutir de forma abstracta acerca de un problema cotidiano, pero qué difícil es ponerlo en práctica. Uno no quiere promover la ilegalidad, pero lo saludan, le preguntan qué música quiere oír y no lo tumban con la tarifa y se le pasa.

La verdad, espero que Uber sea temporal. Déjenme soñar que algún día, el gobierno y las empresas capacitarán a todos los taxistas en servicio al cliente, mejorarán su flota automotora, y los sancionará drásticamente cuando se nieguen a prestar un servicio e intenten cobrar de más.

También déjenme soñar que los taxistas dejarán de desafiar a las matemáticas y pensarán con el corazón y no con el bolsillo.

Mientras tanto, seguiré siendo parte del problema y no de la solución. Ejerceré, sin esconderme, mi derecho innegable a la doble moral. Seguiré usando Uber.

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