Viví en el Bronx de Montreal

Una de mis grandes preocupaciones antes de llegar a Canadá era dónde iba a vivir. Busqué en cuanto sitio de internet encontré, escribí mensajes, busqué opiniones en blogs, exploré los alrededores en Google Maps y todo lo que se puedan imaginar.

Como era nuevo, no me arriesgué a arrendar un apartamento yo solo, sino que busqué habitaciones. Al final di con un lugar que me pareció agradable (por internet). Estaba muy cerca de Berri-UQAM: la estación de metro más importante de Montreal y del barrio más movido en el verano. No me podía quejar. La renta costaba 450 dólares al mes. Todo en el promedio.

El dueño de la casa es un pensionado que ahora vive de la renta. Me inspiró algo de desconfianza al principio porque cuando estaba en Colombia le pregunté quiénes serían mis compañeros de casa y nunca me respondió (ahora entiendo por qué).

Como una semana antes del viaje, me preguntó si al fin iba a tomar la habitación porque tenía mucha demanda. Dije que sí y cuando le pedí que me confirmara la dirección, me dio una diferente a la que yo tenía. No me dio desconfianza porque la nueva dirección era a tan solo unas cuadras y me dijo que esa casa también era de él. Nada grave.

Por fin llegó el día. Lo llamé desde el aeropuerto de Montreal y me dijo que tomara un bus que me dejaría en la estación de metro donde me recogería luego. Así lo hice, nos encontramos y me llevó a la casa. Por fuera se veía bien, un poco descuidada, pero era justo lo que había visto en las fotos.

Cuando entré me percaté de un fuerte olor a cigarrillo. Eso no me gustó, pero bueno, quizás alguien expuesto al humo acababa de entrar. El dueño abrió la puerta de la habitación y, de nuevo, no hubo sorpresas. Había una pequeña cocina, una neverita, una cama, dos muebles y un clóset.

Afuera de mi cuarto, a unos pasos, había dos baños. Mejor de lo que me esperaba. El señor me dijo que debía llevar el papel higiénico y todos los artículos de aseo cuando sintiera el llamado de la naturaleza. Me pareció normal porque sí me daría cosa compartir el jabón con extraños y era difícil determinar cuánto papel se gastaba cada uno.

Me fui a dormir tranquilo. Estaba en el centro, el clima era agradable y tenía un techo que mirar mientras me abrumaba la incertidumbre del inmigrante.

Al otro día descubrí dónde me había metido.

Salí a comprar comida y cuando regresé vi a un señor supremamente extraño sentado en las escaleras de la puerta principal. Se parecía mucho a Querubín Rebelde. Le dije que iba a entrar, que me diera permiso. Él se hizo a un lado y me preguntó si vivía ahí. Le dije que sí y me sonrió. “Yo también”, me dijo mientras ponía ambas manos en su bastón.

Me pareció muy arrogante y clasista ponerme a decir “ah, qué pereza vivir con gente tan chirri”. Pero estaba en un nuevo país y tenía que ir con la mente abierta. Cuando pasé de la puerta principal, vi a un señor de unos 40 años fumando marihuana en el patio. “No es mi vida”, me dije. Cada quién es libre de hacer lo que quiera. Eran dos cosas raras en menos de 15 segundos, pero todo bien.

Salí de nuevo a explorar esta bella ciudad y me enamoré perdidamente de todo. Volví a casa y vi Querubín Rebelde pidiendo monedas en un semáforo. “El que tenga plata, vive en la casa, no me voy a creer de mejor familia”. Al percatarse de mi presencia, me pidió monedas. No le di.

Lo que pasaba en la casa no me importaba mucho porque Montreal es hermoso. Entonces me calmé y me fui a dormir.

Al otro día me despertaron unos gritos. Era la señora que cuidaba y le hacía aseo a la casa peleando con la persona que vivía en la habitación de en frente. Un hombre malencarado de unos 40 años. Como estaban peleando y mi francés no es que sea una maravilla, no entendí muy bien qué pasaba. Cuando se calmaron los humos, salí a bañarme y la señora me pidió perdón por el ruido y me explicó lo que había pasado: el man había dañado todas las plantas de su jardín (su único pasatiempo) y había intentado sembrar otras semillas (no sé de qué pero sospecho).

Dije en mi mente “qué gonorrea” como 10 veces mientras me contaba todo.

Ese día, con mi pobres habilidades culinarias, puse a cocinar unas papas.Olvidé tapar la sartén y con la humareda se activó el incómodo pito del detector de humo. Abrí en seguida la puerta trasera y delantera, pero no tuve suerte. Había demasiado humo. Se activó entonces la alarma de incendios de la casa. Por más o menos 3 minutos un estruendo inundó cada rincón de la casa. Como era temprano, la gente dormía y la señora que cuidaba la casa acudió a mi rescate en pijama. Me quería morir de la pena.

La cereza en el pastel llegó 2 días después. El señor que me fue a instalar el internet, un argelino súper querido (que me habló de Falcao y que tales), me preguntó cuánto me quedaría allí. Yo, tímidamente, dije que por ahí dos meses. El man me abrió los ojos y empezó a susurrarme: “este no es un lugar para usted. Los que viven aquí están locos y en cualquier momento se le meten al cuarto a robarle todo. Yo sé de lo que es capaz esa gente. En cuanto pueda, váyase. No deje tarjetas de crédito ni plata aquí porque quieren buscar plata para comprar sus cosas”.

Si me hubieran tomado un mapa de calor en ese momento, habría salido todo azul. Me dio mucho miedo. Paranoia en su máxima expresión.

En ese momento solo conocía a una persona de aquí: Nancie, mi hermosa madrina canadiense que estuvo pendiente de mí desde antes de que llegara. Le conté la situación de los indigentes y me dijo que, efectivamente, el gobierno tenía una especia de hospitales de rehabilitación para personas dementes y drogadictas, pero por falta de presupuesto, los habían enviado a la calle. Eso sí, cada mes les llega un cheque no despreciable y con eso sobreviven.

Ahora todo tenía sentido. Nuestros indigentes no tienen absolutamente nada, y los de aquí tienen un mínimo vital (Petro, no me cites).

Después de la conversación con Nancie enfrenté mi realidad: estaba viviendo en una especie de Bronx. Vivía en una calle elegantísima de Montreal, tanto que en la misma acera donde quedaba la casa se parqueaban camionetas Audi, carros deportivos y demás. Por primera vez en la vida entendí que era vivir en una sociedad que no discrimina, que no tiene estratos para que los pobres nunca se les acerquen a los ricos.. Cualquier persona, literalmente, puede vivir en un barrio “de ricos”. Con las ayudas sociales del gobierno todo es posible. Y nosotros queriendo hacer el estrato 7 en Bogotá.

A pesar de lo que había visto, quería seguir viviendo ahí. Casi lo tomaba como una experiencia de vida. Además descubrí que había cámaras de vigilancia dentro de la casa y que había una especia de código interno que prohibía entrar a las habitaciones de los demás.

Al siguiente día vi algo que me hizo cambiar de opinión. Cuando me bañé en la mañana vi ceniza de cigarrillo en el piso del baño. Me dio mucha rabia (luego vi la misma escena varias veces). Volvía a la casa de hacer mercado y vi a Querubín Rebelde vendiendo droga en la puerta. Eso es otra cosa. Ese mismo día, en la tarde, vi por primera vez a una persona que había escuchado hacía mucho: un viejito que se la pasaba tosiendo. Pasó por mi lado mientras salía del baño y por su olor, calculo que este año no se ha bañado. Eso me revolvió todo: hasta los pajazos mentales que me había dicho para aguantar.

Entré al cuarto y empecé a buscar habitaciones en la ciudad. Di con una y, luego de aprender la lección, fui a verla y a preguntar quiénes vivían ahí. Se trata de estudiantes y jóvenes franceses que vienen a trabajar a Canadá. La habitación era grande y quedaba en un barrio hipster. Me gustó y ese mismo día cerré el trato. Afortunadamente solo había firmado contrato por un mes en el otro lado. Como no estoy nadando en plata, cumplí el término.

Aguanté un mes en el Bronx de Montreal. Aprendí mucho y ahora me río, pero qué gonorrea.

 

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3 responses to “Viví en el Bronx de Montreal”

  1. lauravaron says :

    (Oh Boris, esta entry me gustó mucho. A uno le dicen y le repiten, desde chiquito, que no escriba como habla, porque uno habla muy mal y entonces va a escribir muy mal también, pero leo todo con tu prosodia: Quéé gó-norrea.)

    • borisromero says :

      Jajajajaja. Así es. En este blog escribo inmundo. Pero bueno, para la seriedad están los ensayos.

      • lauravaron says :

        Quise decir que me gusta el ritmo con el que presentas las ideas, las palabras que escoges (muy tuyas) y lo que eliges contar. Es como estar escuchándote, que es el cumplido más grande que te puedo ofrecer 😉

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